MI SIGLO DE ALEKSANDER WAT. CONFERENCIA CON ADAM MICHNIK

25.11.2009

Acantilado y el Instituto Polaco de Cultura se complacen en invitarles a la conferencia Mi siglo. Confesiones de un intelectual europeo impartida por Adam Michnik, fundador y editor de Gazeta Wyborcza. El miércoles, 25 de noviembre, a las 19:30 horas, en la sala María Zambrano del Círculo de Bellas Artes.

Presentarán el acto:
Juan José Armas Marcelo,
Mercedes Monmany
y Jaume Vallcorba

Círculo de Bellas Artes
Calle de Alcalá, 42, Madrid

INVITACI__N



En contadas ocasiones, la historia de una vida es también la historia de una época. Tras jugar un papel importante como comunista bajo el régimen autoritario de Pilsudski, haber ido a la guerra, y haber conocido las cárceles y los gulags de la Unión Soviética, Aleksander Wat logra regresar vivo a su Polonia natal en 1947 para emigrar a Francia en 1958, ya muy enfermo, hastiado del clima asfixiante y opresivo de la falta de libertad. Pero su enfermedad le impidía escribir. Será Czesław Miłosz, conocedor extraordinario de su historia, quien le proponga llevar a cabo una serie de entrevistas que posteriormente transcribiría y que conformarán un libro de memorias fundamental del convulso siglo xx. Mi siglo, que finalmente vio la luz en Londres en 1977, casi diez años después de la muerte de Wat, causó sensación en la Polonia del momento. La obra circuló de mano en mano de manera clandestina. La historia de Wat que ha de leerse como una autobiografía espiritual, es, en palabras de Adam Zagajewski que lo presenta en esta edición al público, «un insólito tratado poético y filosófico» y como tal, absolutamente atemporal e imprescindible.

Aleksander Wat (Varsovia, 1900 - París, 1967) era descendiente de una antigua y famosa familia judía que contaba entre sus miembros con el famoso cabalista Isaac Luria. Estudió filosofía, psicología y lógica en la Universidad de Varsovia donde tuvo contactos con la vanguardia literaria, bajo cuya influencia escribió su primer libro de poemas YO de un lado y YO del otro lado de mi brasero ferroperruno (1920) y la colección de cuentos Lucifer en paro (1927). Participó en numerosas e influyentes publicaciones de la época como Nowa Sztuka y Tygodnik literacki, desde las que ayudó a dar a conocer la obra de Mayakovsi y el futurismo. Se suicidó en París en 1967.

MI SIGLO ALEKSANDER WAT


Uno de los libros centrales de la memorialística del siglo XX

«Como documento de interés histórico, Mi siglo es una obra extraordinaria, una obra maestra en forma de autobiografía. La voz de Wat es irresistible, y cuenta su historia con tal rigor e inteligencia, con una calidez humana tan irresistible, que uno se siente impresionado por sus palabras. Sin duda Mi siglo es uno de los libros más conmovedores e impactantes que he leído en toda mi vida».
Paul Auster

«Este libro me ha fascinado, y creo que fascinará a todos sus lectores. Mientras leía lo que Wat ha escrito sobre el hambre y el frío, los piojos y las chinches, la disentería y la tuberculosis, me decía que las palabras de que nos servimos en Occidente para representarnos las cosas, la palabra "dolor" y la palabra "sufrimiento", son palabras que han perdido para nosotros su mordiente, su capacidad de emocionarnos. Sólo una descripción total y detallada como la de Wat nos permite comprender lo que fue la realidad de la Rusia de Stalin».
Saul Bellow

«Mi siglo de Aleksander Wat es una obra clásica, y su autor, uno de los testigos y cronistas más importantes de los horrores del siglo xx. Este libro vive y respira inmune a los cambios de época, a la caída del comunismo y a la aparición de nuevas amenazas, nuevos paradigmas políticos y nuevas generaciones».
Adam Zagajewski

ALEKSANDER WAT: CONVERSACIONES CON CZESLAW MILOSZ

La presente obra no son una memorias al uso sino el resultado de unas conversaciones que mantuvieron Czeslaw Milosz y Aleksander Wat en Estados Unidos y Francia en 1965. Éstas fueron grabadas en una cinta magnetofónica y revisadas posteriormente procurando realizar los mínimos cambios para no alterar el discurso.

Wat, cuyo verdadero nombre era Chwat, nació en el seno de una familia judía y entre sus antepasados figuraban desde filósofos a rabinos pasando por cabalistas. Aunque en su familia tanto judaísmo, ateísmo como catolicismo tenían cabida, fue esta última la fe con la que se sintió más identificado, sin duda gracias a la influencia de Anna Mikulak, una sirvienta muy querida que le llevaba a la iglesia de niño.

Aleksander Wat fue un personaje muy conocido dentro del mundo literario de Polonia durante casi medio siglo. En los años 1918-1919, recién acabada la Gran Guerra, escribió sus primeros poemas futuristas, o dadaístas como él prefería llamarles. Con Poemas, su segundo volumen de poemas aparecido en 1957, recibió el premio de la revista Nowa Kultura. El último, Poemas mediterráneos, vio la luz en 1962. Su único libro de relatos, Lucifer en paro, apareció en 1927.

Aleksander Wat formaba parte de la élite intelectual centroeuropea y gustaba de enzarzarse en disputas intelectuales con la gente de su círculo, una actitud que mantendría a lo largo de toda su vida, al difundirse la mayoría de sus ideas en mayor parte a través de estos canales que a través de la letra escrita.

A partir de 1956 se le empezó a elogiar en Polonia, al ser considerado como uno de los supervivientes del comunismo polaco destruido por Stalin. En 1958 le autorizaron a viajar, con lo que pasó largas temporadas en Francia e Italia, países con un clima benigno donde pudo sobrellevar mejor la enfermedad que arrastraba desde que tuvo un derrame cerebral a finales de los años treinta, que le acarreaba fuertes dolores de cabeza.

Su enfermedad, que le acompañó hasta el final, fue la responsable en parte de su poco prolífica obra y de que no llegara a escribir la gran obra que siempre había querido escribir. En 1963, la institución The Center for Slavic and East European Studies adjunta a la Universidad de California de Berkeley invitó a Wat, que por aquel entonces residía en Francia, a pasar un año en Berkeley no con la intención de que desarrollara una tarea pedagógica sino de que se dedicara a escribir sin preocuparse de nada más, ya que su estancia estaba retribuida.

Gleb Petrovich, director del Centro por aquel entonces, albergaba la esperanza de que el clima de California sería beneficioso para la delicada salud del poeta polaco. Si bien durante las primeras semanas su estado pareció mejorar considerablemente, su inadaptación a un entorno que le era extraño, no tardó en devolverlo al estado de depresión anterior. La imagen que se había hecho durante tantos años de América no se correspondía con la realidad de 1964. Wat esperaba encontrar a su llegada mucha gente no sólo dispuesta a escucharle sino a conversar y a discutir con él como en los tiempos de juventud en su Polonia natal.

El contacto interpersonal falto de tensión con el que se encontró y la indiferencia hacia su persona lo desanimaron sobre manera. Las dificultades para expresarse en inglés tampoco le ayudaron con lo que su incomunicación se agravó. A todo esto se añadían unos dolores cada vez más agudos que intentaba aplacar con analgésicos cada vez más fuertes. Debido a su cada día mayor inmovilidad, escribir se había convertido en una misión imposible. Fue entonces cuando el profesor Grossman pensó en Czeslaw Milosz para sacarle de ese estado de bloqueo físico y mental. Si Wat insistía en que lo que le hacía feliz era conversar con alguien y sentirse escuchado, Milosz era la persona indicada ya que la amistad entre ambos poetas se remontaba a los años de la posguerra. Lo único que tenía que hacer Milosz era hablar con él y grabar las conversaciones en una cinta magnetofónica. Lo que parecía una tarea fácil se podría haber complicado de no ser por la química que se dio desde buen principio entre ambos. Durante las primeras sesiones, a Wat le dio alas observar la atención creciente con que le escuchaba su colega, hasta el punto de considerarle más tarde su «oyente ideal».

Si bien al principio a Milosz no le apetecía escuchar las declaraciones de un "desengañado del comunismo", pronto se dio cuenta de que "no había otra persona que hubiese experimentado nuestro siglo con más fuerza que él ni que lo percibiera de la misma manera. No hablo de la crueldad de su destino individual o de la historia, porque los que habían resultado más perjudicados que él eran legión. No. Hablo de una cierta formación intelectual, de una cultura propia de un territorio geográfico determinado y de una capa social determinada. Wat no sólo era  un intelectual, sino también un erudito con profundos conocimientos filosóficos y de origen judío. Nadie más de su generación habrá dejado en este terreno tamaño regalo para los historiadores."

La importancia de aquellos encuentros radica en el hecho de que tuvieran lugar en América y Francia, con lo que se evitó que ningún tipo de censura pudiera deformar su contenido. Otro factor que resultó muy beneficioso fue que los dos poetas provinieran del mismo país y que formaran parte de casi la misma generación (Wat era once años mayor que Milosz), con lo que compartían un universo común. "Conocíamos los mismos nombres, los mismos títulos de obras, los mismos chismes literarios y las mismas leyendas, e incluso ambos nos sentíamos a nuestras anchas en la literatura francesa y la rusa". De ahí que Milosz limitara las preguntas al mínimo, por ejemplo cuando era necesario animar a Wat para que siguiera hablando.

Las grabaciones no curaron a Aleksander Wat aunque sí que "en gran medida sustituyeron el papel y la pluma", y se hubieran extendido mucho más si no hubiera sido porque no acabó de sentirse a gusto con la persona con quien intentó seguir grabando cuando Milosz se marchó de París.

Los encuentros entre los dos poetas polacos funcionaron no sólo por la amistad que compartían, más parecida al compañerismo, sino por el "sentimiento de rango", como explica Milosz en el prólogo del libro. "¿Qué es el rango? Explicarlo no resulta nada fácil. No se mide con lo que llamamos talento, porque los talentudos siempre merecen respeto. Tampoco se mide con la inteligencia pura, porque uno puede utilizarla de varias maneras. El rango es algo parecido al peso específico, y cuando se lo otorgamos a alguien, lo hacemos convencidos de que le devolvemos lo que le pertenece por naturaleza". En Mi siglo, Wat homenajea a diferentes personas en función de su rango: campesinos ucranianos analfabetos, obreros polacos, zapateros judíos, etc.