ARTES PLÁSTICAS

La característica específica de la cultura polaca -que la diferencia a los ojos del mundo- es la particular conjunción de búsquedas metafísicas con la experiencia histórica. Esto concierne también a las artes plásticas. En el periodo de sometimiento, los polacos lograron conservar su identidad sólo gracias a la religión y la cultura. En un país privado de existencia como estado y divido en tres partes, el arte y la poesía tenían una misión particular: cultivar la memoria nacional, organizar la imaginación polaca y mantener la identidad de la nación. La pintura polaca del siglo XIX se desarrolló bajo la influencia de la gran poesía romántica: Matejko, Grotter, tras ellos Malczewski y Wyspiański, crearon un verdadero canon de símbolos polacos a los que todavía recurren las sucesivas generaciones. El papel social del arte era para los polacos un reto y una carga. El problema de la libertad, central para la cultura polaca, significaba también una lucha por la soberanía artística y por la autonomía del arte. La reconstrucción del estado polaco después de 1918 coincidió con la búsqueda de "vía polaca para la independencia del arte". El arte ya no tenía que ser el arca de la memoria nacional, comenzó pues a dirigir la mirada hacia los modelos internacionales, uniendo a ellos significados locales. Esta es la vía de grupos de entreguerras como "Formistas Polacos" o "Rytm" (Ritmo), cuya creación era una síntesis de cubismo, fovismo, expresionismo e influencias locales de la cultura popular. Dicho estilo tuvo fortuna especialmente en las artes aplicadas y en la arquitectura. El éxito de la artesanía y del cartel, la popularidad del "estilo de Zakopane" y del "solariego" son las aportaciones polacas a la elegante e internacional convención del art déco.

Una corriente importante fue en esta época el constructivismo, variante polaca de la vanguardia progresista. Los artistas asociados en los grupos "BLOK", "Praesens", "a.r.", unían la fe en la razón y el progreso con el anhelo de experimentación. Querían introducir en el paisaje visual del país el orden, la disciplina y el funcionalismo. El grupo de los coloristas también se planteó nuevas tareas frente a la sociedad. Los pintores del "Comité de París" se pusieron como objetivo el cambio de gusto de los polacos. Vinculándose con el postimpresionismo francés lucharon por la calidad y la independencia de la pintura. Después de la Segunda Guerra mundial dominaron las instituciones de educación artística, y la doctrina estética del colorismo resultó ser una de las más influyentes y duraderas.

Una etapa clave, indispensable para entender la mentalidad de los polacos, son los años de la Segunda Guerra Mundial. El trauma de la ocupación, la experiencia de los campos de concentración, los traslados, las ejecuciones, la tragedia del holocausto, vuelven todo el tiempo al arte, la literatura y el cine polacos, y constituyen un continuo punto de referencia, un eterno memento. El periodo de los primeros años posteriores a la guerra, antes de la instauración del socialismo, es uno de los momentos más interesantes del arte polaco. La fisonomía de estos años se ve conformada por el "Grupo de Cracovia", artistas provenientes del teatro de Tadeusz Kantor de los tiempos de la ocupación. Su lección de "independencia en cualquier circunstancia" resultó ser fundamental para la historia del arte de posguerra. La creación del "Grupo de Cracovia" es el arte de la "vanguardia domesticada", uniendo la necesidad de modernidad con el apego a la tradición. Las búsquedas espaciales y la metáfora lírica en las fronteras de la abstracción, permiten llamar a esta variante polaca del surrealismo "pintura metafórica". Los años del estalinismo son un periodo de arte disponible, manipulado. En toda Europa tenía lugar una discusión sobre el concepto de realismo y el gran estilo monumental; la respuesta polaca fue el arte del "Grupo de Autoformación" de Andrzej Wróblewski: propuesta fuerte, figuración amarga que expresa la tragedia de la guerra y la fatiga de posguerra. El camino del "arte comprometido" se ve representado por los artistas que exponían en el "Arsenal" de Varsovia en 1955, que luchaban por el derecho a la espontaneidad y a una visión trágica del mundo, pintando cuadros feroces y con ánimo de ajuste de cuentas en la convención del expresionismo. La leyenda de "Arsenal" permaneció como una actitud, una ética del arte no indiferente, testimonio de los tiempos y reivindicación del hombre perjudicado.

El deshielo político de finales de los años 50 trajo consigo la fascinación por el grupo internacional informel, y también la "pintura de la materia". El mejor ejemplo es aquí la original producción del "grupo de Nowa Huta" o la pintura de Jan Lebenstein, descubrimiento de la bienal de París de 1959. Desde los años 60, a pesar de las complicaciones políticas y las limitaciones de la censura comunista, el arte polaco se desarrolló paralelamente al europeo, experimentando sus sucesivas etapas: nueva figuración, conceptualismo, happening, minimal-art. De su vinculación con el vivo "impulso de modernidad" cuidaban las galerías independientes y los artistas de vanguardia. Sin embargo, la vida artística en la Polonia Popular creaba una tensión continua entre los artistas y el poder. 1981 fue un momento decisivo: el sofocamiento de la primera "Solidaridad" y la implantación del estado de guerra.
El arte de los años 80, época de la "guerra del estado con la nación", tenía una versión "seria": el Movimiento de Cultura Independiente, cercano a la iglesia, con su retorno a los símbolos nacionales y religiosos de la "gran narración", y también una versión buffo: la pintura de expresión "salvaje" (el varsoviano "Gruppa"), el grupo wrocławiano de happenings "Alternativa Naranja", o el movimiento underground de Łódź alrededor de la galería "Strych" y el grupo anárquico-dadaísta "Łódź Kaliska".
Una vez recobrada la independencia, la cultura polaca dejó de ser una barricada. Sin embargo, la vuelta a la democracia no soluciona automáticamente todos los problemas sociales y nacionales, cambia solamente su carácter, su contexto, a veces su color. Los nuevos tiempos traen nuevas amenazas, nuevos temas de actualidad. Parte de los artistas huye con alivio a la privacidad, parte sigue luchando contra molinos de viento. El cambio de siglo acarrea consigo una ola de "arte crítico", que utiliza los nuevos medios en la discusión alrededor de la religión, la sexualidad o la intolerancia. Este es también un "arte comprometido", que surge de la necesidad de decir la verdad sobre la vida de la comunidad, sobre la inmersión del individuo en la sociedad, sobre la historia y sobre los estereotipos.

"El arte es una especie de arma en la mano, !separar el arte del amor a la patria es imposible!", dijo Jan Matejko (1838-1893), el pintor histórico polaco más importantes del siglo XIX. Nacido apenas un año antes que Paul Cézanne, fue un clásico académico, pero su arte dio forma a la imaginación de muchas generaciones de polacos. Los grandes y abarrotados lienzos de Matejko ilustran los momentos más importantes de la historia de la nación, sus vuelos y caídas. En los tiempos en que Polonia fue borrada del mapa de Europa, Matejko -recordando los momentos de grandeza y los pecados nacionales- llamaba con su pintura a hacer un examen de conciencia. En Polonia, su obra sigue viva y sigue despertando grandes emociones, y los polacos ven la historia de su país con los ojos de Matejko.

La ornamentación de la iglesia de los Franciscanos en Cracovia pertenece a los más bellos conjuntos del arte decorativo modernista europeo. Su autor, Stanisław Wyspiański (1869-1907), discípulo de Jan Matejko, es la mayor autoridad de la llamada Joven Polonia, arte del cambio de siglo. Precisamente él es considerado el iniciador de una nueva época en el arte polaco. Su naturaleza polifacética recuerda a los maestros del renacimiento: dramaturgo revolucionario, innovador de la pintura, renovador de las artes aplicadas. Formó su estilo uniendo una penetrante observación de la naturaleza con la estética del art nouveau y la influencia del arte popular. Con el pincel y la pluma luchó por el alma polaca, intentando arrancarla de la apatía y la pereza. Su profético arte atraería posteriormente a otros visionarios: Tadeusz Kantor y Andrzej Wajda.

Jacek Malczewski (1854-1929) es el enfant terrible del simbolismo polaco. Discípulo de Matejko, llevó a la pintura los cuentos populares, los mitos griegos y las inquietudes de fin de siglo. El arte de Malczewski es una mezcla explosiva: une el erotismo con el misticismo, el folclore con lo antiguo, una brutal sensualidad y un insoportable patetismo con la burla irónica. Sin embargo, el balanceo y el desenfreno de la imaginación de Malczewski no sólo producía rompecabezas simbólicos, sino también paisajes de ambientación lírica: sauces que bordean el camino, cigüeñas que se mecen sobre un campo recién arado, un cielo nublado. Malczewski fue también un destacado representante de la "escuela polaca del paisaje".

En el siglo XIX se desató la discusión "sobre la razón de ser del arte nacional polaco". En el camino del romanticismo a la modernidad resultó decisiva la lucha de los positivistas por la autonomía de la pintura y la aproximación del arte a la realidad. A la campaña a favor de la nueva estética se unió también el destacado crítico de arte Stanisław Witkiewicz (1851-1915), que elaboró los fundamentos teóricos del nuevo estilo nacional. Su propuesta es el "estilo de Zakopane", basado en el arte popular de Podhale. Las villas y casas de Zakopane, únicas en su género, con todo su equipo y su característica ornamentación montañesa, es son un original ejemplo autóctono del movimiento de renovación de las artes aplicadas, que a fines del siglo XIX y principios del XX abarcaba toda Europa.

En Polonia hay muchas colecciones interesantes. La más curiosa se formó en la ciudad industrial de Łódź, alrededor del grupo de los constructivistas polacos. Ya en los años 20 del siglo XX, Władysław Strzemiński (1893-1952) con sus colegas del grupo de vanguardia "a.r." comenzó a reunir obras de la vanguardia mundial. En febrero de 1931, se inauguró en Łódź la galería de arte contemporáneo, considerada como una de las primeras del mundo con una exposición permanente de arte de vanguardia. Esta colección única se convirtió en el origen del Museo de Arte de la misma ciudad, que actualmente tiene una colección de obras de más de 1500 artistas.

Al igual que en toda Europa, en la Polonia de los años 20 también tomó la palabra la vanguardia. La recuperación de la independencia liberó a los artistas de las responsabilidades patrióticas. El lema lo constituían entonces el funcionalismo estético, el racionalismo y la modernidad. La más destacada representante del constructivismo polaco es la escultora Katarzyna Kobro (1898-1951). La búsqueda de Kobro tuvo un carácter pionero. Sus abstractas construcciones espaciales de madera, vidrio y metal constituyen una original concepción de la escultura, que dejó de ser un volumen para convertirse en un análisis del espacio y de los "ritmos espaciotemporales".

Las figuras más interesantes de la cultura polaca del siglo XX son artistas polifacéticos que se realizan en el ámbito de diferentes disciplinas. El ejemplo por antonomasia es Witkacy -S.I. Witkiewicz- (1885-1939), destacado dramaturgo, filósofo, teórico del arte, así como pintor y fotógrafo. Creador de la teoría de la "Forma Pura", que en su afán por mostrar en imágenes la metafísica y el "misterio de la existencia", pintó fantásticas composiciones surreal-expresivas. Dejó una fascinante galería de retratos realizados por encargo en el marco de la llamada Compañía de Retratos, sin embargo, entre sus logros plásticos, el más importante es el de su innovadora y experimental fotografía. Witkacy propagaba la visión catastrofista del cada vez más cercano derrumbe de la civilización occidental. En septiembre de 1939, al enterarse de la entrada a Polonia del Ejército Rojo, se suicidó.

En los años 50, las autoridades comunistas quisieron convertir el arte en un instrumento de agitación y propaganda. Las obras que surgían bajo la presión del realismo socialista no tenían mucho que ver con el arte, eran más bien una especia de manifestación del folclore ideológico. Sin embargo, algunos artistas lograron unir lo artístico con la "involucración" en los asuntos de su tiempo. Trágicamente relacionado con la política, Andrzej Wróblewski (1927-1957) dejó el más valioso testimonio pictórico de esos años. Su rudo y amargo arte de carácter figurativo es una metáfora de una realidad degradada, inhabilitada. Wróblewski fue un artista con un concepto del arte como misión, creía que el arte, al permitir distinguir el bien del mal, podía cambiar el mundo para mejor. Hasta hoy sigue siendo una figura de culto, es el patrón de los artistas que se rebelan.

Una de las más importantes y más antiguas tradiciones de la pintura polaca es el colorismo, variante polaca del postimpresionismo. Los artistas asociados al "Comité de París" peregrinaban al Sena en busca de inspiración y luz, y al volver cumplían una especie de función de apostolado de la buena pintura. Lo más importante era para ellos la armonía tonal, la sonoridad del color y la belleza del lienzo, que recordaba una tela irisada. Sus subsecuentes generaciones dominaron las instituciones de educación artística, creando la escuela polaca del colorismo: sensibilidad ante el color y elegancia decorativa del lienzo.

La historia de la vanguardia polaca tiene sus pintorescas figuras-leyenda. El longevo Henryk Stażewski (1894-1988) ya en vida recibió el calificativo de "clásico de la modernidad". Fue uno de los pioneros de la abstracción geométrica, miembro de las asociaciones vanguardistas BLOK, "Praesens", "a.r.", y también de los grupos internacionales l"Cercle et Carré", "Abstraction-Création". Colaboró muy de cerca con la famosa Galería Denise René de París. Hasta el final de su vida permaneció fiel a la geometría, ampliando continuamente su lenguaje con nuevos problemas -espacio, color, movimiento- e introduciendo en la abstracción la ligereza y la gracia.

En la cultura de cada país existen figuras emblemáticas, hombres-símbolo. Para la Polonia contemporánea Józef Czapski (1896-1993), autoridad moral y verdadero testigo del siglo XX, es una de esas persona. La suya es una de las más bellas biografías polacas: aristócrata de muy variada formación, participante en guerras, prisionero de campos de trabajo, encendido patriota y católico; y al mismo tiempo escritor, erudito y pintor sensible. Fue uno de los pocos oficiales polacos que escapó del exterminio en Katyn, sin embargo, los libros que dedicó a los crímenes soviéticos le cerraron el camino de regreso a la patria. Sus pinturas, nostálgicas y sorprendentemente encuadradas -instantáneas de calles parisinas, de cafés, del metro- impresionan por la frescura de su visión y por el valor que muestran en la manera de plasmar los colores, uniendo la herencia del colorismo con una forma afectuosa de mirar la soledad del hombre.

El arte popular interesa hoy en día no sólo a los etnógrafos y a los investigadores de las costumbres rurales. Parece evidente que la moda del "arte periférico" y los "artistas de las fronteras" experimenta un renacimiento. El rico tesoro de la cultura popular es aprovechado también pintores profesionales, que tratan los motivos étnicos y particulares de una forma creativa y nueva. Eugeniusz Mucha (1927), autor de policromías sacras, da a los temas religiosos interpretaciones audaces y poco usuales. En la pintura de Mucha se refleja el campo polaco con sus estatuillas de santos, sus estampas en vidrio, el llamativo esplendor de sus romerías, pero también sus dorados altares medievales y sus lápidas de piedra.

Desde los tiempos del cubismo, el arte naif o primitivo es una importante fuente de inspiración para los artistas. En su sinceridad y su claridad, la gente busca verdaderas emociones, pasión y sencillez, algo que perdieron los elegantes y vanguardistas académicos. El más famoso de los pintores autodidactas polacos, que es comparado con el mismo Rousseau, es Nikifor (1895-1968), pseudónimo de Epifan Drowniak, mendigo y analfabeto, dotado de excepcional talento. Durante varias décadas relacionado con Krynica, pueblo en las montañas, en sus pobres acuarelas descubre la belleza de los Cárpatos: estaciones solitarias, aldeas entre los campos, pero también la fantástica arquitectura de ciudades imaginarias. Nikifor estuvo muy ligado a la rica liturgia grecocatólica. El sutil colorido y la original composición rítmica de sus obras acusan la influencia de los iconostacios de las iglesias ortodoxas.

Con el apellido de Magdalena Abakanowicz (1930) comienzan casi todos los diccionarios y lexicones de arte. La escultora polaca más conocida en el mundo tiene piezas en los museos más importantes y en espacios abiertos. Su obra revolucionó el tejido artístico, antes utilizado exclusivamente siguiendo el ejemplo de la artesanía y del arte aplicado decorativo. Los gruesamente tejidos, carnosos y espaciales "abakanes" recibieron en 1965 el primer premio de la Bienal de Sao Paulo. Con el tiempo, Abakanowicz se fue decantando por la escultura, las composiciones al aire libre y los proyectos arquitectónicos. Sus Multitudes, Espaldas, Rebaños y Tropeles, que incluyen varias decenas de figuras de tela, madera, piedra y bronce impregnados de resina, son una metáfora de la condición humana en el mundo contemporáneo, de la psicología de la multitud, de la indefensión del individuo y de la existencia del hombre, desgarrada entre el temor y la osadía.

A finales de los años 50 y principios de los 60 también los artistas polacos experimentaron con la "pintura de la materia", incorporando a los cuadros estructuras no convencionales: grava, arena y paja. Jonasz Stern (1904-1988), judío y polaco, interpretó el estructuralismo a su manera, utilizando restos orgánicos: huesos preparados, piel de pescado, espinas, hierbas secas. El original arte de Stern une su trágica biografía -estancia en un campo de concentración, ghetto, salvación milagrosa- con su pasión privada: la pesca. Sus Lápidas monocromáticas con huesos animales pintados toman la forma de matseyves hebreas, simbólico epitafio del Pueblo Elegido, evocación de la memoria de aquellos de quienes no quedaron ni huesos ni sepulcros. El holocausto encontró en Stern su más grande intérprete.

Muchos de los creadores polacos que trabajan en el extranjero se integran con éxito en la vida artística del país en el que se encuentran, inscribiendo duraderamente la tradición visual polaca en el paisaje europeo. Verdadero éxito es el que tuvo el artista gráfico y representante de la "escuela polaca del cartel" Roman Cieślewicz (1930-1996), que desde 1963 se estableció en París. Sus experiencias polacas como ilustrador y tipógrafo las aprovechó como director artístico de las revistas "Elle", "Vogue", "Opus International", y también como colaborador de muchos años del Centro Georges Pompidou, para el que proyectó carteles y catálogos. En sus trabajos, Cieślewicz se sirvió de la técnica del collage y de la cita, recurrió a reflejos especulares y al grano aumentado de la fotografía. Su mayor maestría la alcanzó en sus montajes surrealistas en color, en los que utilizaba reproducciones de los grandes maestros.

Una de los grandes asuntos del arte contemporáneo es el problema del cuerpo humano, su fragilidad y su transcurso. Alina Szapocznikow (1926-1973) fue una de las primeras artistas europeas que mostró la corporeidad con desesperada audacia y sin inhibiciones. Sus últimos diez años de vida los pasó en Francia. Le gustaban los experimentos técnicos: cemento, limaduras de hierro, piedras de color y resina, lo que permitió a la crítica francesa incluirla en la corriente del Nuevo Realismo, aunque su arte se diferenciaba por su carácter emocional y su tema existencial. Los recuerdos de la guerra y una enfermedad mortal impregnaron la obra de Szapocznikow de un tono trágico y desesperado. Sus trabajos más impresionantes son los realizados en poliéster, en los que utilizó el moldeado del cuerpo humano.

El destacado pintor y teólogo ortodoxo Jerzy Nowosielski (1923), autor de policromías sacras católicas y ortodoxas, consigue aprovechar la herencia de Bizancio también en la pintura laica: paisajes, desnudos, abstractos. Su irrepetible estilo se formó en el cruce de las culturas del Este y del Oeste: de las vanguardias y el arte bizantino. Del surrealismo, Nowosielski tomó la atmósfera de ambigüedad y de misterio. De los iconos, el carácter hierático, los fuertes contornos y lo plano de la forma, así como el profundo simbolismo de la luz y del color. La transformación pictórica es aquí no tanto una reducción, como una concentración y una máxima densificación de la realidad. En el arte de Nowosielski, así como en la tradición bizantina, toda la realidad se santifica.

El cartel fue en la Polonia Popular uno de los islotes de libertad creadora. El fenómeno de la "escuela polaca del cartel" -creada por pintores llenos de fantasía y soltura- consiste en que en el realismo socialista no había carteles comerciales y los anuncios remitían a valores espirituales y culturales. En los carteles para teatro, circo, cine se utilizaba la tradición vanguardista del fotomontaje y los valores pictóricos decorativos. En 1968, en Wilanów, cerca de Varsovia, se estableció el primer Museo del Cartel del mundo. Desde 1966 se organiza en Varsovia una Bienal Internacional de Cartel. Uno de los más importantes representantes de la "escuela polaca del cartel" es Jan Młodożeniec con su marca inconfundible: línea gruesa, aparentemente torpe, pero decidida; paleta de colores vivos, estilización infantil y cálido sentido del humor.

El pop-art internacional enfrentó diferentes convenciones, mezcló el arte elevado con el bajo, recurriendo ampliamente a la cultura de masas. En Polonia, el creador de la original versión autóctona del pop-art fue Władysław Hasior (1928-2000), miembro de la sociedad Phases, autor de poéticos ensembles, monumentos y esculturas monumentales al aire libre. Sus metafóricas composiciones se asocian con formas litúrgicas, trasvistiendo la forma de los altares, epitafios, etc. La obra de Hasior,-que deja ver cierta fascinación por lo kitsch, utilizando reliquias baratas, juguetes estropeados y objetos de mal gusto- gusta en el mundo, donde se aprecia la pintoresca poética de la provincia polaca que esconde. Durante la famosa exposición "Sources et recherches" que se llevó a cabo en 1969 en París, el arte de Hasior entusiasmó al mismísimo André Malraux.

Uno de los eventos plásticos más importantes a escala mundial se organiza de manera cíclica desde 1966. Se trata de la Trienal (alguna vez Bienal) Internacional de Gráfica. No por casualidad se eligió como sede de este prestigioso evento la ciudad de Cracovia. Desde los tiempos del modernismo sobrevivió ahí una fuerte tradición de gráfica artística, cultivada con frecuencia por pintores, lo que la enriqueció con efectos pictóricos y colorísticos. Conocida en todo el mundo, la "escuela polaca de gráfica" es un fenómeno único e individualizado en el paisaje del arte contemporáneo polaco. El respeto por las técnicas nobles, un oficio excepcionalmente cuidado y un emotivo lenguaje metafórico une ejemplos con frecuencia variados: las construcciones simbólicas, ruinas y torres de Babel de los grabados en cobre de Krzysztof Skórczewski (1947), la visual y misteriosa arquitectura en los oscuros aguatintas de Tadeusz Jackowski (1936), los poéticos y eróticos paisajes de Andrzej Pietsch (1932), los grotescos y radicales retratos de los grabados en madera de Jerzy Pank (1918-2001), la comedia humana en las amontonadas escenas de los grabados en cobre de Jacek Gaj (1938). Hoy en día, una de las más interesantes representantes de la "escuela polaca de gráfica" es Anna Sobol-Wejman (1946), ganadora del Grand Prix en la Bienal Internacional de Gráfica en Györ (Hungría) en 1995. Sus trabajos rítmicamente ordenados, compuestos de varios segmentos, crean una especia de escritura de imágenes, y al mismo tiempo un comentario discreto y no falto de humor sobre la vida y la realidad.

Un artista que en los últimos años representa con frecuencia a Polonia en los eventos internacionales es el escultor Mirosław Bałka (1958), participante, por ejemplo, de Documenta en Kassel (1992), de la Bienal de Venecia (1993) y autor de una exposición individual en la Tate Gallery (1995). Sus esculturas e instalaciones son un ejemplo de arte personal, autobiográfico, que recurre a las vivencias de la infancia y construye una mitología privada. Bałka produce formas ascéticas y geométricas de madera, metal o cemento, que evocan el cuerpo humano, sus proporciones, su temperatura, sus rastros y huellas. En las instalaciones utiliza materiales poco usuales: jabón gris, sal, placas de terrazo. Gracias a la aplicación de un diccionario internacional y contemporáneo de formas, el callado y austero arte de Bałka se ha encontrado con una viva recepción también fuera de las fronteras de Polonia.

Los años 90, llamados "primera década de libertad", son una época difícil, de cambios de sistema que han tenido como objeto integrar a la sociedad polaca en el círculo de las civilizaciones democráticas modernas. Este periodo de transformaciones ha dejado su rastro también en la cultura, arrastrando la necesidad de redefinir la identidad nacional y social. Una respuesta a este problema es la ola de "arte crítico", que utiliza los nuevos medios de comunicación, drásticos medios visuales y la poética de la provocación. Los artistas afrontan todos los temas "calientes" de la contemporaneidad, como el Sida o el racismo, sin dudar en romper los subsecuentes tabúes: sexuales, religiosos o nacionales. Como principal escandalizadora del arte polaco aparece Katarzyna Kozyra (1963), premiada en la Bienal de Venecia (1999) por su video instalación Łaźnia (Baños). Sus fotografías, películas e instalaciones, que giran alrededor del tema de la corporeidad, la enfermedad y la muerte, iniciaron en Polonia la discusión sobre los derechos del artista y las fronteras de la libertad del arte. Al Introducir el discurso del sufrimiento, Kozyra utiliza también los nuevos medios y establece un diálogo sensible y estético con la cultura europea: Ingres, Manet, la música de Strawinski.

A lo largo de los siglos, la cultura polaca resultó más de una vez atractiva para los forasteros. Muchos extranjeros, establecidos en Polonia, han enriquecido su cultura aportando sus propias tradiciones nacionales. Con mayor frecuencia, esto se ha referido y se sigue refiriendo a los vecinos cercanos, aunque no faltan ejemplos más exóticos. El artista de vanguardia Koji Kamoji (1935), japonés que desde hace cuarenta años vive en Varsovia, es hoy en día expuesto y premiado como artista de Polonia. Incluido en la vanguardia relacionada con la geometría y el constructivismo, trajo al arte polaco su poética específica, llena de símbolos vinculados a los elementos, y de referencias a la naturaleza y la espiritualidad del Oriente. En sus austeras instalaciones y objetos de piedra, lámina, alambre y otros materiales de construcción, organiza intrigantes situaciones espaciales, llenas de sorprendentes asociaciones y de tensión interna.

Polonia es un país de fuerte tradición católica, en el que la iconografía cristiana está rodeada de un especial pietismo. A pesar de eso, o quizá precisamente por eso, no faltan artistas que interpreten el simbolismo religioso de manera sorprendentemente independiente, arrancándolo de su contexto tradicional. El tratamiento audaz de la temática religiosa, que muchas veces causa incluso indignación, no necesariamente tiene que ser sinónimo de herejía. En Polonia, esta provocación tiene su connotación social, es un intento de perturbar la tranquilidad psicológica, de poner en duda la religiosidad ingenua y automática. Desenmascarando la hipocresía, los artistas plantean de nuevo preguntas fundamentales, tratando de sacar al espectador de la rutina de las costumbres y de una forma de pensar estereotipada. El impactante collage de Eugeniusz Get-Stankiewicz (1942), propuesta de participación en el acto de la crucifixión, obliga a preguntarse sobre las verdaderas consecuencias de la fe y muestra el sentido principal del cristianismo: responsabilidad personal de afrontar el reto del Evangelio.

Uno de los artistas polacos más expuestos en el mundo es Leon Tarasewicz (1957), miembro de la generación de la "expresión salvaje". Bielorruso con ciudadanía polaca, crea y vive al margen, en el pueblo de Waliły, cerca de Białystok. Sus expresivos lienzos se balancean en la frontera de lo abstracto, sin embargo, el punto de partida es siempre la naturaleza, el paisaje autóctono de los confines polacos: bosques nevados, pequeñas rocas, pájaros en vuelo y surcos de tierra arada. Las telas de Tarasewicz constituyen una nueva y reveladora síntesis del paisaje polaco, aunque al artista lo ocupan cada vez más los problemas de la pintura pura. Muros, pilares e interiores son cubiertos densamente de pinturas por este artista. Las rítmicas composiciones con franjas de colores pintadas directamente en el techo o las paredes crean un environnement pictórico que permite entrar en el centro mismo de la obra. Los colores vivos, fosforescentes irradian una extraña energía -también este arte es un desarrollo creativo de la tradición de los iconos-. La técnica de aplicación de los colores está basada en el oficio y en el simbolismo de la luz y del color, fundamentales para el arte bizantino.

Existe una categoría de "artistas totales", que quieren subordinar toda su vida a una idea y quieren convertir su propia existencia en un work in progress. Este es el caso de Roman Opałka (1931), uno de los artistas de origen polaco más conocidos en el mundo. Otrora talentoso artista gráfico, desde 1965 pinta exclusivamente Imágenes contadas: telas blanco-grises consecuentemente rellenadas con hileras de cifras. La desesperada idea de dedicar toda la vida a la cuenta pictórica del 1 al infinito causa respeto, aunque recuerda más la actitud filosófica del estoicismo que un tipo de expresión artística. Los cuadros, que se van aclarando gradualmente, se ven acompañados de grabaciones magnetofónicas con la cuenta y el registro fotográfico del rostro de autor, subrayando aún más el inexorable paso del tiempo.

 

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Bytom, Museo de Alta Silesia - Jacek Malczewski "Cabeza de Eloe", 1908

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Varsovia, Museo de Literatura Adam Mickiewicz - Stanislaw Ignacy Witkiewicz "Retrato de Maria Pawlikowska Jasnorzewska", 1924 (pastel)

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Wroclaw, Museo Nacional - Tadeusz Makowski, "Fumadores de pipas" 1931

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Wroclaw, Museo Nacional - Edward Dwurnik, "Tercer turno" 1984

 

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Poznan, la exposición de esculturas de Magdalena Abakanowicz