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Varsovia-Zakopane

Artes visuales
Varsovia-Zakopane
Un juguete diseñado por W. Hasior en la exposición de Królikarnia. Fot. I. R. Artola

A las puertas casi del verano, este mes hemos decidido acercarnos a Królikarnia. Al sur del barrio Mokotów, el museo queda rodeado por un fabuloso parque -ahora en pleno esplendor- donde el aroma del celindo nos lleva de paseo por copiosas tonalidades en verde plagadas de esculturas que brotan como los árboles, de la propia tierra. El edificio, de inspiración italiana dieciochesca coronado con una hermosa cúpula palladiana, ha pasado por diversos avatares en su historia: desde ser la residencia de Tadeusz Kosciuszko en plena revolución a finales del siglo XVIII a ser destruido nada más estallar la segunda gran guerra y siendo escenario conocido durante la insurrección. Finalmente rehabilitado en los años 60, en la actualidad goza de un fin más grato como es el formar parte del Museo Nacional. Dedicado a Xawery Dunikowski, escultor tardo romántico comparado en maestría al propio Rodin, esta dependencia museo dedicado a la escultura acostumbra a realizar un programa variado, transversal, para nada convencional, que bien puede presumir de buena acogida por parte de público y crítica tanto en sus exposiciones como  en los conciertos, talleres, conferencias y actividades en su interior y en plein air. 
La exposición que ahora se muestra es una curiosa mezcolanza de artes, pasajes, combinaciones cronológicas, estilísticas e incluso científicas cuyo eje conductor son las ciudades de Varsovia y Zakopane. Realizada en colaboración con el museo de esta segunda ciudad al sur del país, en los montes Tatra, aglutina en sus salas desde arte tradicional pasando por cartelería, collage, vídeo, juguetes, mobiliario, pintura, bocetos, maquetas, fotografía de diversas épocas y estilos e incluso animales disecados, minerales y plantas autóctonas. Por descabezada que parezcan la amalgama, todo ha sido casado con toques muy acertados tanto por parte de Katarzyna Kucharka-Hornung, curadora de la muestra.  Y es que Zakopane como región, inspiración, escenario, paisaje, escuela y, casi podríamos decir, modo de ver la vida, es algo que no se puede explicar con palabras. Sin embargo, el recorrido de esta exposición nos trae un aroma de todas esas vertientes que Zakopane lleva en su espíritu, un espíritu al que tanto debe la cultura polaca. 
El fragmento del gran lienzo nos recibe: se trata de un paisaje de Zakopane que en su día mostró orgullosa la ciudad de Varsovia. Montañas que nos inundan nada más pasar a la sala rodeadas con muestras de su ecosistema natural y arquitectónico: aquí, una maqueta de cabaña típica, allá unos minerales y plantas, y flanqueando al lienzo, un oso disecado y su versión en arte popular. Una vez impregnados de aromas, paisajes y sonidos, entramos en la primera sala donde la utopía, el paisaje como inspiración cristaliza con lienzos decimonónicos de vistas recreados en formas y colores confrontados con los siempre ingeniosos collages de Dziaczkowski, joven artista al que esas montañas le arrebataron su talento prematuramente, a la edad de 27 años. En contraste, las utopías arquitectónicas que emanaron como una especie única de la cabeza de Leon Chwistek cuando por allí pasaba: un hotel a mitad entre lo plástico, modernista, ciencia ficción y romántico, lo que este genio de la lógica, la filosofía y la matemática proyectó en esos parajes hará ya casi más de una centuria. 
Pasamos luego a las alucinaciones, como en otro nivel de abstracción mayor durante el itinerario, de Witkiewicz (hijo, se entiende, aunque también el arte de su padre esté presente), y sus fotos –divertidas, picantes, por no decir gamberras- en esas montañas, que fueron refugio durante la guerra para tantos artistas que, de paso, respiraron su aura. Zofia Stryjenska, la maestra por antonomasia del mural, del diseño, de la cartelería, mediante una estética que supo cohesionar tan magistral y elegantemente el arte folklórico afrontando la mismísima vanguardia de frente sin renunciar a un marcado estilo personal, tiene también su puesto honorífico entre su apolíneo fuego de ojos celestes y su elemento opuesto, el agua, de fortaleza profundamente femenina. También a ella Zakopane la acogió, y a su marido (el primero, aquel que le dio apellido y la encerró sin previo aviso por dos veces en un psiquiátrico) cuya figura como arquitecto, por brillante que fuera, queda en la historia replegado por ser marido de quien fue, en una comparativa que bien podría llegar similar a la de Kahlo y Rivera. Son las fotos del pabellón que diseñó en 1925 para aquella exposición internacional de artes decorativas parisina las que representan a Karol Stryjenski si bien en dimensiones y paso por la historia así como en el propio espacio dedicado en esta exposición, bien puede verse ese agravio comparativo que el tiempo a veces establece con justicia. 
Los escultores, anónimos o de renombre, que salieron en la escuela de talla de madera de Zakopane tienen su sala completa dedicada: formas que lindan con el primitivismo rozan con segmentos de lenguajes cubistizantes. Las coincidencias pocas veces son fortuitas y en este caso, sorprenden por esa honestidad tan directa a la que tuvo que llegar toda la historia del arte para dar la vuelta, no sobre sus pies sino por todo el mundo, para llegar a un mismo punto de partida. 
Más sorprendente resulta aún encontrar juguetes en madera diseñados por Wladyslaw Hasior, el maestro de la escultura e instalación más cruel y despiadada, de escenografías que desgarran como afiladas cuchillas, mostrando aquí una cara desconocida, amable, para un público ni intelectual ni snob ni sofisticado sino infantil. Todo eso coronado por vídeos de otro momento, de otra historia que, reconocemos, desconciertan en estilo y fondo sonoro acompañados de muebles de la época, que trascendieron a la ciudad, de vertiente acogedora, simpática, fantasiosa. 
El final rodeado de esculturas que como ents parecen avanzar en el espacio y alargarse hasta el techo son un punto y final en un recorrido sensorial más que exposición, en donde las líneas discursivas son tan multitudinarias que incitan a continuarlas, a enredarse y no querer salir de ellas una vez hemos ingresado. Para completar el periplo un contrapunto que más que eso es un guiño, un “esto no se acaba aquí“, un “continuará“:  el trabajo de Igor Omulecki, joven artista de refinado gusto en imagen, temática y producción -como todo buen fotógrafo que se precie- pone la guinda al recorrido haciendo un homenaje que no lo es, llegando más lejos en el presente con un paisaje que antaño, ahora y posiblemente siempre, será fuente de inspiración y refugio, pase lo que pase. 
Inés R. Artola

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